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   De sterrennacht, La noche estrellada, Notte Stellata… en definitiva un gran cuadro del holandés Vincent Van Gogh, mi pintor favorito. 

  En él predomina un cielo formado por grandes espirales, dándole una sensación de movimiento al cuadro, con la luna y unas estrellas enormes que resplandecen como pequeños soles. Las montañas parecen olas que van a romper contra el pueblo ahogándolo. Sensación que aumenta con su color, azul. Y es que Van Gogh hacía con los colores y la realidad lo que quería. El pueblo parece estar dormido. Sus casas no están dibujadas en detalle, más bien aparecen muy difusas, mezclándose con las copas de los árboles que aparecen al pie de las montañas. Excepto la iglesia, destacada entre las casas, que parece rasgar el cielo con su alta torre y puntiagudo tejado. En el margen izquierdo aparece un ciprés, muy grande en comparación con el pueblo. Las ramas parecen llamaradas verdes que se alzan hacia el cielo en constante movimiento, como mecidas por el viento. Los cipreses abundan en las pinturas de Van Gogh, y es que para él eran una gran preocupación. Él mismo escribe a su hermano Theo: “Los cipreses me preocupan constantemente. Quisiera hacer con ellos algo como en las telas de los girasoles, porque me sorprende que nadie los haya representado todavía como yo los veo. En cuanto a líneas y proporciones son tan bellos como un obelisco egipcio”.

   El cuadro me atrapa por tres cosas, la primera,  el contraste de colores.   El azul del cielo con el verde oscuro del ciprés, ambos con el amarillo, que irradia luz, de las estrellas, la luna y del ancho sendero que se extiende por encima de las montañas. La segunda, la pincelada ya clásica de este gran pintor. La tercera y más subjetiva, las sensaciones que (me) evoca.  Transmite calma, por el pueblo tranquilo y distante, y a la vez inquietud y movimiento, por las espirales del cielo que avecinan una especie de tormenta. A mi me inquieta bastante: ver el cielo en tanto movimiento, al borde de la tempestad y que el pueblo no se inmute y aparente esa calma fría, como si no se enteraran o que se sintieran protegidos por un ser supremo. ¿El ciprés?